El Quilpo

Des de San Marcos Sierras, Córdoba, Argentina, se disponen a pasar una noche en un hermoso lugar llamado Casa de Piedra, les han comentado que ese espacio viene cargado de una energía milenaria, de aquellos pueblos nativos que lo rondaron; velas, ceremonias, chamanes. Ellas van a descubrir, a sentir, acompañadas de su fiel amiguito Fridolín, un perrito salchicha pelirrojo y muy pillín.

Levantando un dedo a la salida del pueblo las llevan hasta el majestuoso Río Quilpo, un edén de agua y césped, a donde los anfitriones del transporte se dirigen. Ya oscureció al llegar, así que con la nueva compañía y 5 litros de vino se disponen a pasar la noche en la verita del gran caudal; estrellas, risas y guitarras.

Al día siguiente, después de que la mañana se alargue entre baños de agua roja, comida y más vino, parten para el destino inicial con un hermoso lazarillo de rizos de oro que se suma a la aventura. Orillando a contracorriente el Quilpo, el cielo en el agua, el sol en las rocas, el flujo hermoso obstaculizado por enromes conjuntos de piedra blanca, ellas y él avanzando, Fridolín les sigue como un campeón, creando el camino hasta llegar al punto donde deban cruzarlo y adentrarse en la sierra para encontrar la misteriosa Casa de Piedra.
Agotando la luz del día llegan al lugar, energía mística, raíces, humo de figuras humanas, 10.000 años o ninguno, se siente. Una cueva que evoca momentos épicos, y una roca gigante, redondeada, que algún gigante dejó caer por ser demasiado pesada y perfecta. Y en su lomo se acuestan entre cariños, gratitud y culpabilidad occidental, debajo el mantel estrellado y con flashes lejanos, que se acercan.

La tormenta empieza con los primeros rallos de día, la cueva se dispone a acoger una nueva experiencia, tres personitas pensantes y sintientes, debatiendo sobre la vida y la Vida entre mates y dulce de leche. Sin tener que “hacer” tiempo por la lluvia, quizás pasan 3 o 4 horas hasta que el cese del diluvio les permite desembarcar de la cueva. Enseguida se descalzan para poder seguir; el camino por el que el día anterior subían ahora es un arroyo que baja y el suave Quilpo que ayer cruzaron ahora es un salvaje torrente de chocolate con grumos que ha ampliado notablemente su cuerpo. Sus múltiples brazos acumularon y arrastraron aguas de las montañas, la crecida es inmediata y bestial.
La Pachamama les acorrala porque les tiene una vivencia preparada. El temporal ya está bien lejos, el sol ilumina la ropa mojada y la guitarrita suena dulce cuando aparece un paisano, con sombrero de cuero de vaca, pañuelo rojo de seda atado en el cuello y un mono de trabajo rural. Autentico como si solo observa la magnitud del río y acaba por tocarles unas milongas. Expertas ellas, conscientes de la falta de provisiones y ansiosas siempre por conocer nuevas realidades se las montan para ser invitadas a caer en su rancho más tarde.

Y así será, llegan al rancho de Umberto del Valle Suárez, también llamado Pancho, cuando el sol aun se refleja en sus paredes de concreto. Es una antigua vivienda de los trabajadores de una antigua cantera. Vacas, mulas, burros, caballos, gallinas, cerdos, perros y gatos alrededor. Un pan con queso y un intercambio de músicas y se van a dormir, Pancho el paisano, rizitos de oro, las dos muchachas y Fridolín.

Recién levantados ordeñan las vacas, saludan a todos los animales y se van a dar un baño en el San Gregorio, uno de los brazos del Quilpo. Rocas gigantes, blancas, con cavidades creadas por los antiguos habitantes de la zona para los partos naturales. Morteros para picar grano o para calcular la distancia a la luna. Sienten su estado natural. El sol quema el cuerpo entero de las dos blanquitas que, libres y aventuradas, se desnudan ante la vida. Almas nómadas y artesanas, se preguntan, ¿porque será que la mayoría de la gente no vive así?

Es difícil entender el ritmo sedentario y esclavizado de las ciudades después de 4 días y 3 noches de pura improvisación y camino ligero. En San Marcos les espera una noche de despedida, siguiendo por la mañana su ruta hacia al norte.

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