Cuando escucharse es fluir

La recoge a la salida de la blanca Popayan un atractivo hombre que no aparenta sus 70 años, que vivió i trabajó en Madrid 22 de ellos, de los que cobra hoy la pensión española, de la que le regala a ella 50.000 pesos para su hermoso camino “de arte y libertad”.

Después es Manuel quien sigue camino con ella, le pide de hacerse una selfie en la cabina del camión que conduce desde los 14 años, hoy transportando chatarra.

Por último, una camioneta cargada con planchas de madera la sube en el porta-cargas, de modo que no hay conversación posible, los 30 km que le faltaban hasta el pueblecito de Silvia. El frío va aumentando con la altura y la velocidad, lágrimas resbalan hacia las orejas con el viento tenaz, con su rostro al descubierto adorando el verde y la intensidad del paisaje.

Mercado al estilo andino. Población nativa: sombrero de copa negro, poncho azul y rojo, falda azul hasta media pierna -mujeres y hombres- y, curiosamente, botas negras de piel brillante, cada cual de distinta marca. Son los Misak o Guambianos. Observa, retrata, pregunta. Le sirven un sancocho rico y caliente, con arepas y agua panela.

Siente que ya es suficiente, que no pasará la noche allí. De vuelta a la carretera después de una vueltecita más por la pequeña población caucana un señor con carro aterciopelado la lleva hasta el desvío a otro pequeño pueblo, Cajibio. Barajaba en su mente la opción de volver ya a Popayán, pero parece que siente que es allí donde tiene que ir. Las guerrillas, los paramilitares, los militares, el Estado, “todos son lo mismo”. La guerra, la paz. A menudo la conversación con los tripulantes de las naves que la transportan se va para estos pastos, pues a ella le interesa y el tema está en el imaginario constante de cualquier colombiano desde hace 50 años.

Una vez en el desvío empieza a caminar, como siempre, pues si se quiere avanzar no hay que parar nunca, aun cuando la distancia que se quiera recorrer sea de 300 km, 20 pasos son significativos. Y como siempre, a pocos pasos y a dedo levantado, para una moto con más un buen hombre dispuesto a concederle un amable pasaje.

Ya en Cajibio encontrará la enésima compañía para llegar a su destino, es una muchachita de 18 años que se dirige a la finca de su familia en bicicleta. Su casa queda unos metros más adelante que el destino de la caminante, y interesada por mantener una conversación con una extranjera peculiar la muchacha anda con ella, arrastrando la bicicleta a un lado, los por lo menos 3 km de camino. Hablan de lo que se supone que se debe hacer en esta sociedad y de lo que se supone que se debe hacer en la vida perteneciendo a familia campesina. Hablan de hacer algo diferente, hablan de la libertad y hablan de la biblia. Y andando y aprendiendo la una de la otra, sin darse cuenta ya se encuentran con el cartel, “Ecoaldea La Atlántida”.

Ahí están sus hermanos, sudados, recién salidos de una ceremonia de Temazcal. Falta solo uno, que está, pero resta y restará por 4 días en ayuno absoluto -alimento, agua, habla, contacto humano, entretenimiento- en una montaña cercana, en su misión, la búsqueda de la visión. Los Lakota, cultura nativa del norte de América, sostienen este rito, el “llorar por una visión”, por el que muchos espíritus hasta este siglo XXI sienten la voluntad de pasar.

Rica y espléndida comida, pues se alimentan todos ellos por los hermanos que están en la búsqueda. Cada mordisco, cada trago, cada pensamiento, es apoyo energético. Más tarde cantos con tambor, abuelito fuego, suaves punteados de guitarra, tabaco sagrado, rape expansor del tercer ojo. Se ofrecerá para guardar el fuego durante la madrugada y luego, finalmente, dormirá después de más una riquíssima jornada caminante.

Y pasaron una vez más el sol, la luna y las estrellas.

Se despierta con un calor y un cariño especial. En seguida reconoce la procedencia del calor; tiene un cálido poncho puesto por encima que la ha ayudado a descansar sin la interrupción del frío del alba. El cariño debe ser sin duda de la persona que se lo puso. Abundante y colorido desayuno. Cierra los ojos antes de abrir la boca y proyecta la imagen de un recuerdo. El recuerdo de lo que un día miró fijamente y al mismo tiempo el recuerdo de lo que luego fue una visión; el recuerdo del ojo de su lindo hermano que debe estar, quizás, observando la corteza de un árbol, sintiendo hambre, sed o frío. Ese ojo azul penetrante, con un círculo más claro alrededor del iris. Para él, pues, el alimento que se dispone a masticar, saborear y ingerir.

Se baña junto al bosque, toca su guitarrita, ayuda a la divertida señora Mariela, local de Cajibio, en la cocina, y pronto llega la hora de entrar al útero de la tierra. Algunas medicinas, San Pedrito, Mambe, antes de agacharse, besar la Madre y entrar arrastrándose, honrando el suelo, a la cabañita del sudor para empezar con un rito más de Temazcal. Encabeza la ceremonia un erudito hombre de saberes chamánicos de varias tierras. Está presente pero fuera de la barraca, su padre, de origen Lakota, de Dakota del norte, EEUU, sabiduría y experiencia. Cumpliendo con la profecía, se encuentra también dentro el Temazcal un ser fuerte y severo, un hombre medicina de tierras antioquinas. Águila y Cóndor juntos en el calor del útero, quien sabe si cocinando la nueva era.

Las piedras, guardianas de la memoria, van entrando, ardiendo, al centro del círculo. Encima de ellas chispean y humean las hierbas medicinales. Su esencia acaricia su olfato. Reconoce y agudiza sus sentidos la Salvia. Una voz fina femenina entona una melodía curadora. Cantos colectivos, discursos reveladores. Y se cierra la entrada, o la salida, al mundo exterior. Quedan dentro el calor y la oscuridad maternales. Y agua. Agua y fuego. Agua y fuego. Agua y fuego en el Temazcal. Vapor por todo, por todo el espacio, por todo el cuerpo, por todos los órganos. La piel, el más grande de ellos, empapada, agradecida.

Son cuatro rondas. Limpieza, sanación, aprendizaje, redención. Ella siente una inmensa gratitud por estar entendiendo un poco más. Al salir de ese útero sagrado de la Madre Tierra renacerá, con un poco más de paciencia aplicable en su deseo y ansia de transformación. Con un poco más de equilibrio en su espíritu revolucionario. Con un poco más de armonía y un poco menos de agresividad. El aire libre después de esa concentración de calor y energía parece otra dimensión. Y el agua fría sobre su piel suavizada por el vapor, no parece, es purificación.

Abrazará fuerte a su hermana, nacida en Canadá, ambas se sienten espejos la una de la otra a veces. Esta vez, sincronizadamente sin contarse previamente sus intensiones, agarraran cada una su libreta y su lapizera, dispuestas a dejar constancia empírica de algunas revelaciones. Sonríen al verse una vez más reflejadas. Son jóvenes y esponjosas; quieren absorber y absorber.

Y más saborosa comida, y más armonizadoras canciones y la luna, a pocos días de reflejar su plenitud. Siente a su amigo buscador, y procura la manera de establecer, a través de la conexión que ya crearon hace un tiempo, un canal de energía entre los dos. Sentirá él que ella está allí? Es su ego, llamándola. Decide que puede ser un canal unidireccional, de su buena energía, de su calor, de su satisfacción alimentaria, de su amor, hacia él.

Dormirá con dos de sus hermanos, Canadá y Guatemala, a los que más cariño les tiene, abrazados, acariciados. Igual que sus cuerpos, sus energías se mezclaran bajo las mantas, y con ellas sus sueños. Valora lo hermoso de despertarse suavemente, aun enredados, y contarse los sueños, aun recientes en el recuerdo. Unos proféticos, otros picantes.

Partirá antes de que el sol esté muy alto, con tiempo de aprovechar el día en otro lugar.

Imaginen, en los últimos dos jornadas, cuantas personas se cruzaron en su camino, cuantas sensaciones nuevas, cuantos lugares, cuantas especies de fauna y flora, cuantas culturas, cuantas voluntades surgidas…cuantas experiencias acumuló.

Y no es la más afortunada?

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One Response to Cuando escucharse es fluir

  1. Està clar que en tu conviuen (aparentment en bona armonia) l’espiritualitat/poesia/mística i la terrenalitat/revolta/compromís un cóctel ben interessant.
    Són molts els aprenentatges i segur la sensació també que sempre és més el que queda per aprendre i encara la necessitat de pensar en combinar aprendre amb tornar allò après…
    ja veus que m’encomanes la tendència a enrotllar-me.

    Petoooons!

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