Potosí: 470 años de sangre y plata

La ciudad de Potosí fue fundada en 1545 por la Corona Española con la única función de explotar la plata del Cerro Rico. Considerada una de las ciudades más altas del mundo, a 4.090 metros, en 1650 era la ciudad más rica y desigual del mundo, con 160.000 habitantes –más que Londres o París de la época-, una minoría de opulenta nobleza y la mayor parte indígenas que extraían en condiciones de esclavitud los metales preciosos que alimentaron viceralmente el desarrollo y el derroche de Europa. Aproximadamente 15.000 personas trabajan hoy en las minas que continúan registrando trabajo infantil, ínfima seguridad laboral y salarios de hambre.
Leyendas a medida del Imperio colonial

La leyenda dice que en tiempos en que el Imperio Inca se había extendido hasta tierras bolivianas el monarca Huayna Capac cometió el intento de explotar las piedras y minerales preciosos del que las habitantes de la región denominaban Sumac Orcko –“cerro precioso” en quechua- pero al hacerlo una voz proveniente de las profundidades de la tierra los advirtió de que aquella riqueza no era para ellos sino “para los que vienen de más allá”. Pocas décadas después, divisaban aquel rico macizo -al que entonces habían pasado a denominar Potojsi; “dio un gran estrépito”- los primeros colonizadores españoles.

Otra leyenda explica que en aquella época un pastor de nombre Huallpa se vio obligado a pasar una noche en aquella montaña porque se había perdido una oveja de su rebaño. Al encender una hoguera para calentarse, Huallpa vio como el suelo empezaba a gotear y derretirse en forma de un brillante líquido mágico y corrió a explicarlo; es de este modo que los españoles interpretaron que la Pachamama había estado guardando el tesoro que almacenaba el Potojsi hasta su llegada. O así es como lo justifica esta leyenda.

Fuera como fuera, en 1545 se empezaba a explotar la abundante plata del que los españoles rebautizaron como Cerro Rico de Potosí, gracias a la sangre y los pulmones de las habitantes originarias de aquellas tierras. Tupaj Yawri, filósofo y lingüista boliviano, enseguida se hace una pregunta, “veamos quien escribió las crónicas y las leyendas? Aquí la gente vivía en la tradición oral, cualquier leyenda que justifique el genocidio y la explotación españolas en América Latina ha sido escrita por ellos mismos, sean franciscanos, jesuitas o monarcas”.
Exterminio masivoP1100623.JPG

Según cifras del historiador Darcy Ribeiro, se calcula que entre 25 y 30 millones de personas vivían en la región andina precolonial –norte de Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, sur de Colombia- y unos 70 en toda América Latina. El año 1650 sólo 3,5 millones de los llamados indígenas resistían en el continente. La cifra de cadáveres que se estima que ha llenado las fosas comunes y cementerios de Potosí después de trabajar a las minas es de 8 millones aproximadamente.
“No nos podemos ni imaginar cuántos muertos hay bajo esta tierra; ahora en junio, haciendo obras en una plaza, encontraron una fosa común de la época colonial con más de 60 cadáveres”, explica Juan Luis, un exminero vecino de Potosí.

Las venas abiertas de Potosí

“En Potosí la plata ofreció motivos de tragedia y de fiesta, derramó sangre y vino”, explica Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina; “era la pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra”. A pesar de que el poder colonial español la exportaba como propia, la plata potosina iba a parar a
las grandes riquezas de banqueros alemanes, franceses e ingleses con quienes la Corona estaba endeudada. Por otro lado esta última iba pagando el envío de mercancías no españolas que satisficieran las necesidades del Nuevo Mundo y la continúa expansión colonial; “España tenía la vaca pero otras tomaban la leche”, en palabras de Galeano.

Durante los siglos XVI y XVII Potosí era el centro de la vida colonial. La población del Alto Perú, lol que hoy es Bolivia, era superior a la del territorio de la actual Argentina –hoy Bolivia no llega a los 11 millones de habitantes mientras Argentina tiene 42-, el ciclo de la economía colonial que iba de la extracción de la plata a la fundición y la elaboración de la moneda funcionó hasta el siglo XVIII.

La herencia en derechos humanos

Bolivia, como la mayoría de países de América, no sólo ha sido víctima de la colonización –extractivismo, saqueo, exterminio y explotación natural y humana- sino que posteriormente ha tenido que intentar compensar el no-desarrollo industrial compitiendo con potencias ya maduras, las occidentales, y con gobiernos y doctrinas que siguen sin rescatar sus usos y costumbres ancestrales, que distan de aspirar a tal desarrollo.
En tiempo de la colonia, en el Cerro Rico de Potosí siete de cada diez indígenas de las que subían a trabajar en la montaña desde zonas cercanas no bajaban nunca más y algunas morían por el camino. En aquella época los terratenientes compraban tierras con derecho a la propiedad de los habitantes autóctonos que hubiera dentro. En sus crónicas, en 1550, el fraile Domingo de Santo Tomás describía las minas potosinas como “la boca del infierno” donde “los indios eran tratados como animales sin amo”.
Se los hacía trabajar manualmente durante más de 15 horas seguidas y a veces no salían de las excavaciones durante tres días, soportaban temperaturas heladas al exterior de la mina y calores infernales en su profundidad, y con todo eso siempre expuestos a derribos y otros accidentes. Para algunos mineros las condiciones de hoy no son muy diferentes. “Aquí sólo hay una mina que ha incorporado maquinaria, el resto sigue funcionando igual que hace 500 años, manualmente”, se lamenta Juan Luis.

Cooperativas a veces abusivas

De trabajar en condiP1100362.JPGciones de esclavitud y más adelante en clandestinidad, hoy la mayoría de compañías mineras bolivianas han pasado a formar cooperativas, que a pesar de su nombre a menudo sólo garantizan un salario equivalente al valor de los minerales que cada individuo o pequeño equipo de trabajo consigue extraer. Cada trabajador se tiene que comprar su propio material y equipamiento laboral –carretilla, vestido, casco, dinamita; nada barato- y los horarios dependen del que una quiera o necesite ganar. Además, dependen siempre del precio al que el estaño, la plata o el metal que encuentren se esté cotizando en las bolsas internacionales, un condicionante totalmente alieno a sus capacidades. El hecho de que sea totalmente incierto lo que se pueda llegar a ganar hasta fin de mes aumenta las horas de trabajo, o de explotación, porque uno siempre piensa que aquel día puede tener suerte y encontrar una veta de una ley más alta. “Lo peor es que cuando un día encuentran un buen metal, el día siguiente aparecen con un coche deportivo”, se sigue lamentando Juan Luis.
Aproximadamente un 50% del colectivo minero de Potosí trabaja en la mina por pertenecer a familias urbanas de esta tradición. La otra mitad son emigrantes de las zonas agrarias que se dirigen a la ciudad en busca de mejores condiciones que las que sufren en el campo y acaban haciendo jornadas quizás más duras en la mina. La mayoría de barrios mineros, como El Calvario de Potosí, consisten en varias hileras de viviendas de ladrillo de una o dos habitaciones donde viven familias a menudo numerosas. La antropóloga Pascale Absi afirma que en estas realidades sociales predomina la figura masculina “bebida, arrogante y adúltera, herencia española”.

Huérfanos en la minería

Cada boca de mina tiene también una familia guardiana, que vive a las alturas vigilando la entrada y las herramientas. Es el caso de la familia de Samuel, un niño de once años que, desde hace 3, cada tarde cuando llega de la escuela trabaja en la mina Grito de Piedra seleccionando minerales. Con su salario de unos 200 bolivianos al mes -26 euros- y el que su madre cobra para vivir en la casita guardiana de la boca, se alimentan ellos dos y dos hermanas más pequeñas. “Vivíamos todos en el campo, pero a mi padre se lo llevó Satanás –la bebida- y los tres más pequeños vinimos aquí con mi madre”, explica a la salida de la mina con las manos llenas de polvo.

Es una de las crueldades más grandes de este oficio: la muerte prematura por el mal de mina o silicosis de muchos hombres obliga su familia a recurrir a la mano de obra de sus hijos; hace falta el salario que ya no entra y el trabajo en la mina ya está asegurado. No es este el caso de Samuel pero sí el de los aproximadamente 300 niños que trabajan actualmente en las minas del Cerro Rico. Samantha Hubbart, una educadora social voluntaria estatunidenca, explica que “es cierto que cada vez ha
y menos trabajo infantil pero también es cierto que cada vez se esconde más el que sigue habiendo.”
Padres que resisten a la silicosis, la inhalación de gases tóxicos mortales o cualquier accidente relacionado con dinamita o desprendimientos, también llevan sus hijos a empezar a aprender el oficio los fines de semana y durante las vacaciones escolares. Y a menudo, la atracción por el dinero o la necesidad se impone rápidamente a los estudios.

A pesar de todo ha mejoradoP1100465.JPG

“Carrero, rescatiris, perforista… yo he hecho de todo en la mina, entré como un Don Nadie y acabé siendo perforista, que son los que más cobran y los que menos viven. Pero en un accidente me hice polvo la pierna y no he podido trabajar más. Y yo aun tuve suerte, ante mí vi morir un chico de 19 años”, narra Juan Luis. “Pero digan lo que digan la minería está mucho mejor hoy en día, yo ganaba un buen salario, se puede ser minero y pertenecer en la clase mediana.”

Sin duda este colectivo vulnerable ha vivido mejoras en los últimos 500 años pero a una lenta y difícil velocidad.

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