Icpx Fija Ñi, la Apagada del Fogón de los Nasa

20 de marzo de 2016 / Berta Camprubí

Antes de narrar esta experiencia única, se hace necesario agradecer la excepcionalidad de que el camino y los espíritus de la naturaleza me hayan traído hasta este lugar, entre esta gente y pueda formar parte activa de esta ceremonia, no como espectadora si no casi como miembro de la comunidad.

Se acerca el ritual del Icpx Fija Ñi, el Apagón del Fuego del pueblo nasa, cíclico y fundamental. Limpieza y sanación de energías negativas a través de las plantas, la danza y el Abuelo Fuego que se hará hoy en la comunidad del Cabildo Indígena de Corinto.

Una parte de la comunidad, unos 200 indígenas nasa, reunidos alrededor del fuego bajo la tulpa –la maloka. El sol se está poniendo entre nubes, dejando entre-pasar un espeso brillo rojizo. Los mayores y thé walas, médicos tradicionales, algunos locales y algunos venidos de otras comunidades, complacen con su presencia, severamente dispuestos a tratar con energías y espíritus de varios tipos. Los más experimentados hacen una introducción; mambearemos la eçç -la coca- con concentración; se trata de reunir y expulsar todas aquellas enfermedades del cuerpo y el espíritu: el malestar, el egoísmo, la rabia, los vicios, la deshonestidad. La luz roja en el cielo, cuentan algunas voces a mi lado, augura sangre en la comunidad que está actualmente inmersa en un proceso de liberación de tierras conquistadas por la caña del terrateniente. Y ya es una señal bien significativa el hecho de que ninguna de las autoridades tradicionales del Cabildo, que deben ser los anfitriones del ritual, lleguen tarde por qué se les han alargado otras actividades. Pero finalmente llegan. Y empezaremos a  limpiar con dedicación y sensibilidad después de un discurso intenso y elocuente de Mayor Aureliano, un señor de àurea infalible y extremadamente respetable que revela información universal:

“Estamos en una era de mucha energía negativa. De explotadores de culturas y materias primeras. Y este es el tiempo de ellos y ellos mismos nos ayudarán a liberarnos de todas las energías negativas. Cuando hablamos de energía negativa estamos pensando en la gente que no nos quiere, que tiene todos estos malos espíritus. Pensamos en el odio, la envidia, la ambición, la pereza, todo lo que todos tenemos. Nos concentraremos y pediremos a nuestro Abuelo Fuego la sanación, el Abuelo Fuego que está conectado con el corazón de la Madre Tierra y de nuestro Padre Sol, y ellos están invitados para que sanen nuestros cuerpos, nuestras familias; nuestros seres individuales pero también nuestro territorio. Es verdad que cada vez hay más enfermedades y cuando hoy ponemos intención en sanarlas, lo haremos pensando en nosotros y nuestro cuerpo pero sobre todo en la familia y la comunidad. Pensando, no sólo en Corinto sino en todo el pueblo Nasa, en todo el territorio, en todos los otros pueblos y en la Madre Tierra. Hemos convocado a nuestro Abuelo Fuego para que las queme. Están nuestras tulpas, las piedras sagradas, la madre, el padre y los hijos, la leña, todos tienen una fuerza espiritual para ayudarnos. Porque la esencia de nosotros es esta. Somos icpx, fuego, somos yuhj, agua, somos kiwe, tierra y somos guegia, viento. Y somos kuatc, piedra, también, sino nos desharíamos como una gelatina. Y hoy estamos retomando, recordando, para ayudarnos. La invitación a todos y todas es a concentrarse esta noche, para limpiar con la coca primero, pidiendo apoyo a todos los espíritus. Después, no sabemos a qué hora, llegará el momento de la gran danza. Y más adelante intentaremos apagar el fuego, con el agua refrescada. Y cuando salga el sol lo estaremos encendiendo de nuevo, y agradeciendo. Porque tenemos que agradecer también a nuestros seres espirituales. Así será este rezo. Y el ritual ya ha empezado. Apagamos los móviles, por favor, nos interfieren espiritualmente, nos dañan aunque no os lo parezca, y ponemos nuestra intención y concentración en la coca, la danza y el fuego.”

Rituales indígenas del siglo XXI. El Mayor Aureliano acaba con algunas frases en nasa-yuwe, la lengua nativa. “Pay wex we we”, le contestaremos algunos asistentes: “gracias por los consejos” o “gracias por las palabras”.

A través de las plantas

Pasa el dinamizador del ritual, jovial y destenso, ofreciendo la coca en un gran saco blanco. Los asistentes cogeremos un buen puño, siempre con la mano izquierda, y la voltearemos; rodearemos todo el cuerpo, desde el pie derecho hasta el izquierdo, resiguiendo la silueta de abajo arriba y de arriba abajo. Y para adentro, de golpe –a diferencia de cómo lo suelen hacer en Bolivia, hoja por hoja. Masticamos conscientes, sintiendo el fuego que está cercado por tres grandes rocas, una por la figura masculina del padre, una por la feminidad, la madre, y la última representando a los hijos, que somos todos. Los ancianos pasan ofreciendo de sus ya’jas –las bolsitas de tejido tradicional- diferentes plantas sagradas, cada una con su función. Algunas las añadimos a la masa de coca que tenemos entre muelas, otras las tenemos que pasear por la boca, salivando, y después utilizar este líquido que hemos segregado como refresco: escupirlo en la mano y pasar la esencia por el cuerpo, volteando como antes, y por la corona.

Se sienten leves murmullos entre vecinos, que deberían tener que ver con el ejercicio energético en el que está inmersa la comunidad. El último esplendor del solo ha dejado paso a los rayos maternos de la luna, a cinco días de llena, que resplandecen en los comuneros y comuneras que están por fuera las palmas del techo de la tulpa. De vez en cuando interfiere, fuera de lugar, la iluminación de un teléfono móvil. El Mayor Aureliano ve necesaria una intervención –llena de amor y precaución- refiriéndose a una enfermedad que sufren algunos jóvenes que no saben sentir y mirar su más extenso alrededor porque pasan demasiado tiempo direccionando la atención a una pequeña pantalla. Habla de clínicas de desintoxicación de móvil, y de jóvenes con chepa de cebú debido a las malas posiciones. Y seguimos mambeando.

Y llega la hora de la primera expulsión. Primero los mayores y teh walas, se acercarán al fuego y con la mano derecha extraerán la bola de coca del interior de la mejilla, la voltearán por el cuerpo de nuevo, de derecha a izquierda siempre, y la lanzarán bombeada al fuego. Sigue el turno de la yu’beca, el agua ardiente. Ofrecerán dos pizcas hacia la derecha, a la Madre Tierra y al Abuelo Fuego, dos pizcas hacia la izquierda y después harán un trago y, refrescándose la boca, la soplarán, la escupirán al fuego, junto con las malas energías. Cuando ya vayan sentandose de nuevo los de espíritu viejo, será el turno de la comunidad. El fuego se va cargando de lo malo que inevitablemente carga la comunidad. Envidias, odio, peleas pasionales, rivalidades, contradicciones.

Y se viene una segunda ronda de coca. Es importante que el mate de la coca que vamos segregando en la boca no lo traguemos –al contrario de lo que harían los mineros o los que viven en el altiplano andino a 4.000 metros en Bolivia y Perú, para disfrutar de las propiedades medicinales de la planta sagrada- sino que lo escupimos suavemente, pues esta saliva ya va cargando también las energías negativas internas. Todo afuera, sanando. De nuevo la expulsión, de pié alrededor del Abuelo. Y llega una ronda de chicha, ofrendada a la Madre Tierra primero antes de tomar un poderoso vaso entero. Hay chicha de caña de azúcar, de energía masculina y muy fuerte de sabor, y chicha blanca, de maíz, suave, de energía femenina.

Algunos parlamentos más de los teh walas: subrayan la concentración colectiva, el respeto, “estamos recuperando nuestra espiritualidad, la que nos arrebataron. Gracias a toda la comunidad para venir, el fuego da señas de que estamos por el buen camino en el aplastamiento de las energías que no queremos, las que sobran para encontrar el equilibrio, pero todavía queda trabajo”. Y así introducen la siguiente fase del ritual.

A través de la danza

Es la hora de atacar estas malas vibraciones con movimientos y música alegres. Un ritmo andino, flautas, zampoñas y tambores. La danza sigue, en fila india –valga la redundancia- al teh wala de más experiencia, el Mayor Mariano de Jambaló, un entrañable hombre mayor de vividas facciones indígenas. Siguiéndolo dibujamos una serpiente en movimiento mientras seguimos el ritmo sencillo con los pies, al latido de la música. Desfilan por la cobra humana danzando, vasos de chicha y botellitas de agua ardiente. Siempre ofreciendo antes de tomar.

Mambeando sentados con el fuego ya habían pasado una o dos horas y danzando haciendo curvas y remolinos y a veces pasando a saludar el fuego, pasan un par más. En la mayoría de curvas de la serpiente humana cada componente hace una vuelta sobre sí mismo, diversificando energías. Mucha experiencia en la danza guarda en Mayor Aureliano para que la serpiente formada por la comunidad no pierda su armonía espiritual ni ninguna parte quede dividida o revuelta. El resto de teh walas y mayores no danzan sino que restan sentados, cercanos al fuego, para ir sintiendo como avanza la ceremonia en el campo energético donde ellos se encuentran y que hemos creado entre todos. Para interpretar como nos están recibiendo los espíritus de la naturaleza. Hay gritos de animación, cantos, bromas entre amigos cuando se cruzan partes de la cobra, que en algunos tramos ya se convirtió en una festiva conga. Se lanzan cohetes también. No para animar la rumba sino para avisar, invocar, a todos los chxsáw, los espíritus, a que se acerquen a la zona donde se los está rindiendo este homenaje, para que nos colaboren en la limpieza de la comunidad, en este caso la del pueblo Nasa de Corinto.

Vamos siguiendo, al ritmo, hasta que para la música y con ella la danza. Y de vuelta al fuego, momento de reunión y comunión. Los teh walas comparten sensaciones, intentan expresar como están respondiendo las energías a nuestro ritual, a nuestra petición. Parece que las que no queremos ya están marchando, poco a poco, pero tenemos que tener cuidado y seguir concentrados, todavía falta un poco de trabajo. Después de unos minutos de recreo y charlas entre vecinos, vamos a por la última fase y la definitiva; el Icpx Fija Ñi, la Apagada del Fogón, y con él la eliminación de las malas energías.

A través del fuego

El fuego quema, paciente, con llamas medias y esparcidas entre los numerosos troncos que están encendidos. El objetivo de este momento será apagarlo física y energéticamente, y lo haremos activando de nuevo la cobra y, danzando –que no bailando, en esto hacen bastante énfasis los mayores- en una fila que pasará sistemáticamente alrededor de la hoguera, donde cada participante hará un trago de agua refrescada con plantas sagradas y lo lanzará, con intención de limpieza y curación, al fuego. Serán unas 200 refrescadas cargadas del trabajo que hacen las plantas que contienen, las almas de quienes las expulsan y los espíritus del alrededor, cada vez que la serpiente pasa por el fuego, en el centro de la tulpa. Quién sabe si pasan treinta minutos o dos horas, cuando el fuego ya se convierte en brasa, cada vez más húmedo. Al poco ya va saliendo cada vez más humo hasta que finalmente se sabe extinguido, apagado. Y en sus cenizas y carbón, mojados, hay depositadas aquellas energías de las que ya nos hemos librado.

Pero la cobra no para; hemos limpiado la zona de la tulpa de energías malas y ya podemos dilatarnos en el espacio. El Mayor Mariano trae la danza hacia la esplanada del Saakhelu donde hay un tronco de unos treinta metros que termina en tres ramas clavado en el medio. Es en este espacio sagrado donde el mes de agosto pasado se celebró esta gran ceremonia de pago a la Madre Tierra, el Saakhelu, con más de 7.000 nasas participando en las danzas. Imaginen si es grande, pues, el espacio donde esta noche en la que las nubes ya han dejado paso a las hermanas estrellas atenuadas por la luz de la poderosa luna, la cobra de la comunidad de Corinto acabará con este ritual de limpieza espiritual. Y parece que hemos limpiado bastante; la energía está transformada, el cielo claro y diáfano, la gente receptiva y en armonía.

Rodeamos el tronco del Saakhelu que está adornado, en su base, con un espiral de piedras blancas, representando el todo, el infinito, la Madre. Nos ofrecen más chicha y en dos tramos de la serpiente los mayores nos rocían con un abanico mojado con agua refrescada; nos armonizan para ir acabando. Formamos un espiral sobre nosotros mismos. Lo deshacemos. Eso se repite dos veces, al ritmo que coloca el Mayor Mariano. Quizás han pasado siete u ocho horas desde que nos hemos reunido a finales de la tarde, cuando para la música y para la cobra. Celebración y alegría. Es el fin de una parte del ritual.

Las cenizas del fuego que hemos apagado con las malas energías se recogen y los mayores locales las llevarán hasta los páramos sagrados, a las alturas de la sierra. Allá, con otro ritual, se dejarán a la vera de una roca sagrada, en la altura, el frío y el viento de ese clima.

La madrugada y el nuevo fuego

Ahora nos esperan arroz, judías, y carne de una vaca que han sacrificado especialmente para el ritual, y la invitación de que a las seis de la mañana nos volvamos a reunir para encender el nuevo fuego que acompañará a la comunidad hasta la repetición de este ritual, el año que viene. Deben de ser las dos de la madrugada. Y estas cuatro horas que restan, muchos las aprovecharán para descansar, mientras los mayores las pasan conversando, reflexionando y escuchando algunas canciones de una catalana medio adoptada últimamente a la que llaman Mona. Realizan una masticada de coca colocando la intención e invocando las comunidades a participar de los rituales, de la espiritualidad que se está reconquistando en estos últimos años a través de la reapropiación de los saberes ancestrales, que nunca habían desaparecido, que siempre han estado entre los espíritus que ahora algunos teh walas están escuchando de nuevo. Unas doce botellas de agua ardiente más tarde empieza a salir el sol. El azul eléctrico del amanecer sorprende a los que han resistido esta noche que se ha escapado tan rápido, bien aprovechada.

A las seis, con el sol ya totalmente levantado pero bastante tapado, nos reunimos de nuevo, a pesar de que somos menos; a algunos les ha podido el sueño. El Mayor Aureliano y el Mayor Mariano, los más destacados de los médicos tradicionales invitados, encienden el nuevo fuego con la ayuda de algunos participantes. Y pasamos unas dos horas, alrededor del fuego, compartiendo y aprendiendo sobre la espiritualidad nasa y la necesidad de seguir luchando y resistiendo contra las fuerzas que la han intentado y la intentan acabar. Unas tres ruedas de coca y un par de chicha. Y el agua ardiente que ya no para de girar sin ningún esquema. Sabios parlamentos de los teh walas y también de gente de la comunidad, incluso de la mona, que sintiéndose con una fortaleza muy especial después del ritual y la madrugada acompañando a los mayores, quiere agradecer eternamente el aprendizaje y compartir otros adquiridos con otros pueblos.

Danzaremos al sonido de la música un breve rato y acabaremos alrededor del fuego, extendiendo las manos para recibir la nueva energía. Así daremos por finalizado el ritual.

Ya en otro registro, bajamos hacia el Saakhelu. La mayoría de mayores y teh walas literalmente bebidos, pues no es buena señal que quede sobrando agua ardiente. Así que siguen rodando de mano en mano las botellas, ofreciendole siempre más líquido a la tierra que a nuestro hígado.

Cada alma marcha de este espacio renovada, con el aura fortalizada, el cuerpo renovado, y esperanza espiritual. El territorio queda energéticamente limpio, para vivir un año más en armónica comunidad a pesar de que rodeados de una sociedad enferma que pone obstáculos.

Pay wex we we.

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