La paz en Colombia y dejar de sobrevivir

Las FARC, establecidas y refugiadas durante el conflicto armado en selvas, montañas y parques naturales, han jugado durante las últimas décadas de despojo salvaje en América Latina, el papel indirecto de guardianas de recursos naturales ante la actividad de las corporaciones multinacionales. Con el postconflicto, concepto con el que el gobierno colombiano se refiere a la etapa que se abre una vez firmados los acuerdos de paz de La Habana, Juan Manuel Santos y muchos otros promotores de la llamada muy ampliamente “paz” en Colombia, aseguran que llegaran muchos inversionistas extranjeros que van a crear oportunidades de trabajo y desarrollo social y económico.

En otras palabras, “lo que se viene es una paz corporativa y neoliberal”, como dijo hace poco un exrector de una universidad pública de Cali. O en otras palabras, de varios líderes populares de Colombia, “se termina la guerra de plomo pero sigue la guerra económica”, “intentan secuestrar el camino de la paz hacia sus propios intereses” o “lo que se viene es una masacre de pueblos y de recursos naturales”.

Es lo que desde las comunidades de base se lee y se observa en esta coyuntura; se acerca otro tipo de conflicto, un conflicto de intereses y, al fin y al cabo, un (el) conflicto de clases. Se acerca otro tipo de guerra y para eso se prevé aumentar -y se anunció poco después de proclamar el cese al fuego bilateral y definitivo- el número de efectivos del Escuadrón Móvil de Antidisturbios de la Policía (ESMAD). Se desmovilizan guerrilleros y se activan grupos paramilitares. Se fomenta la participación política mientras se anuncia más represión. Se habla de desarrollo medioambiental mientra se otorgan concesiones mineras y licencias de fracking. Para la paz,”el gobierno de Santos esta haciendo la guerra con anestesia”, afirma otro líder popular. De hecho, es un buen indicativo de la paz que se acecha el hecho de no poder citar nombres y apellidos de aquellos quien la critican.

Cierto es que hasta hora algunas multinacionales se han privado de invertir en estas tierras hostiles manchadas de sangre y crimen, pero no se podría decir que el pueblo colombiano no tenga ya experiencia en ser un peón víctima de la explotación laboral de tales inversionistas. Es por eso que en las comunidades se habla de autonomía alimentaria, de asociacionismo y de desarrollo comunitario. Porque “el 70% de los colombianos sobrevivimos o levantamos el sancocho cada día, como decimos”, explica el alcalde de un pequeño municipio, y son las necesidades y las ganas de dejar de luchar para comer de este 70% de los colombianos las que tienen que verse satisfechas con esta paz.

 

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