Porqué Colombia defraudó al mundo

Si el pasado domingo 2 de octubre Colombia hubiese votado mayoritariamente por el Si en el plebiscito para los acuerdos de paz negociados en La Habana, muy posiblemente no se hubiera desencadenado en este país una de las semanas más tensas y más densas a nivel político y mediático. Sobre todo teniendo en cuenta que el gran evento dedicado el mundo ya se había perpetuado el anterior 26 de septiembre con la blanca ceremonia de la firma de estos acuerdos con la presencia de grandes eminencias internacionales -cómplices de masacres y del fascismo como Peña Nieto o Juan Carlos I. Si analizamos esta parte, vemos que hasta hace poco no estaba claro cual iría primero, si el plebiscito o la firma. Y tal como se ha desenvuelto finalmente la secuencia cabe preguntarse:

¿Para qué el plebiscito si los acuerdos ya estaban firmados y bendecidos? ¿No era más lógico firmarlos después de que el plebiscito, es decir la población colombiana, los ratificara? –aunque es evidente que esa ceremonia fue el mayor acto de campaña por el Si- ¿O es que pensaban –o piensan, y más después del Premio Nobel- implementarlos de cualquier modo? Éste martes la ministra de cultura respondía parcialmente a éstas cuestiones con su silencio después de ser preguntada por si había “un Plan B” para el escenario del No en el plebiscito. Cortada, después de unos segundos, soltó como a quien se le escapa la verdad “No, no había Plan B, pensábamos que ganaríamos”.

Siguiendo en el escenario de un lunes después del Si a la paz, los grandes magnates del país ya estarían fregándose las manos con otras firmas; las de los contratos multimillonarios con multinacionales extractivistas extranjeras, corporaciones mineras, agropecuarias, energéticas que, borrado del mapa el principal actor que las mantenía alejadas de los recursos naturales del país, han sido entrenadas para entender la paz colombiana como una bienvenida a sus inversiones y su especulación. Con su llegada, más hombres se pondrían el traje de paramilitar para seguir defendiendo sus intereses. Y con ésta abertura neoliberal también se vendría –y se vendrá y ya está aquí- un incremento de la represión y la criminalización de las comunidades y los liderazgos campesinos, indígenas y afrodescendientes que, con experiencia en autoorganización y resistencia, defienden estos recursos naturales juntamente con su dignidad de vida.

Aquí en el Cauca, ya tendríamos a las combatientes de las FARC desmovilizándose en los puntos campamentarios y zonas veredales transitorias de normalización  instaladas en territorios rurales que ya han estado relacionadas con al menos 35 muertes en todo el país. En aproximadamente seis meses nos emocionarían con la construcción de las tres estatuas hechas con las armas de la guerrilla, una de ellas en Nueva York, sede de la paz y de la ONU.

Porqué Colombia dijo No

Eso podría suceder, entre otras muchas cosas, positivas y negativas, si hubiera ganado el Sí. Pero ganó el No y parece que Colombia defraudó al mundo. El mundo que a menudo escuchó hablar de una guerrilla que seguía insistiendo en llegar al poder a través de las armas en Colombia, que también debe haber escuchado alguna cosa sobre el narcotráfico y el paramilitarismo que envuelven y complican el conflicto, pero que seguramente no ha leído mucho sobre los famosos acuerdos de paz que hace cuatro años se negocian en La Habana entre las FARC y el gobierno de Santos. Aparentemente se trata de unos acuerdos transgresores comparados con acuerdos de paz de otros países, hecho que trae a muchos a desconfiar de su implementación. Pero más allá de la posibilidad de que se pudieran o no implementar, ha sido sobretodo el contenido de los acuerdos el que llevó a un 50,2% del pueblo colombiano que salió a votar a hacerlo por el No, y lo hicieron desde varios puntos de vista:

  1. El No alternativo o revolucionario

En primer lugar, el proceso de paz no se ha hecho desde abajo, se ha hecho desde arriba. Del Estado neoliberal de Santos lo podíamos esperar, pero del llamado Ejército del Pueblo quizás queríamos esperar una metodología más plural y popular. Sí, ha habido participación de víctimas, de mujeres, de colectivos étnicos etc. pero algunos lo consideran “tan solo migajas” o “pura fachada”.  Por otro lado, los acuerdos de paz derivados de este proceso no tocan solamente temas que atañen directamente al gobierno y a las FARC como podrían ser la desmovilización o la reinserción a la vida civil y política de los combatientes; en los años 60 las  FARC empezaron a luchar por dos reivindicaciones principales: la reforma agraria y un cambio de modelo económico-social, por lo tanto, para que las FARC dejaran de luchar, en los acuerdos de paz con el gobierno debían, por lo menos, negociarse esos dos temas.

Pero en 2012 Santos ya dejó clarito que el modelo económico-social no estaba en juego y, a lo que quieren llamar reforma rural integral, se la ha definido en el primer punto de los acuerdos sin establecer ningún mecanismo efectivo de redistribución de la tierra. De hecho, en debates previos al plebiscito se ha podido escuchar a promotores del Si tranquilizando a la población asegurando que “ningún propietario perderá sus tierras en el postconflicto”. Por lo tanto, hay un sector, llamémosle progresista o alternativo, que seguramente es un sector muy pequeño de entre las que han votado por el NO –pues más allá de ser pocas en general, muchas de ellas, en clave libertaria o desentendida, habrán votado nulo o se habrán abstenido- que optó por no apoyar un acuerdo que podía considerarse “vendido”, que acababa de abrir las piernas del país a la globalización o que no iba acorde con los ideales revolucionarios originales de la raíz del conflicto.

  1. El No plenamente uribista

Álvaro Uribe Vélez es un hombre conservador que siempre da “gracias a Diós” en sus discursos. Gran terrateniente y conocido articulador de grupos paramilitares durante los años 90 y a posteriori. Partidario de acabar con la guerrilla militarmente, durante su periodo como presidente entre 2002 y 2010, intensificó la violencia contra los grupos insurgentes sin éxito, hecho que le costó muchas vidas a la población colombiana a parte de unos recursos que podrían haber sido destinados a otros fines como educación o salud. En 2005, después de un proceso de paz con grupos paramilitares, aprobó la Ley de Justicia y Paz 975 que, según varias opiniones en el país, lo que hizo principalmente fue legitimar y justificar a estos grupos criminales. De 32.000 paracos –como les llaman popularmente- desmovilizados, 3.600 pasaron por la fiscalía y apenas 600 finalizaron sus procesos con penas máximas de 8 años. Se juzgaban casos de masacres con violencia brutal como torturas sanguinarias o decapitaciones de niñas.

A pesar de que en 2010 Juan Manuel Santos se presentó como candidato apoyado por el recién salido Uribe, hoy día el país considera a estos dos hombres como fervientes rivales, por lo tanto, las respectivas campañas podían tener un componente de ego y competencia personal. Se sumó a este líder de opinión otro expresidente, Andrés Pastrana, quien como Uribe, durante su mandato intentó negociar la paz con la guerrilla, los dos sin éxito. En esta línea, algunos periodistas afirman que no se trata, por parte de estos dos señores, de no querer ésta paz, sino de no querer la paz que consiguió firmar otro y no ellos.

Los principales argumentos del uribismo por el No han sido:

  • La impunidad: según lo acordado, a través de la Jurisdicción Especial para la Paz, si los combatientes reconocen toda la verdad y piden perdón –a no ser que se trate de crímenes de lesa humanidad- pueden evitar largas penas de prisión.
  • La subida de impuestos: se ha criticado que suba el IVA para que el gobierno pueda supuestamente financiar la implementación de los acuerdos en vez de que sean las FARC las que den toda la plata del narcotráfico que presuntamente –y porque hay películas que así lo han mostrado…- tienen escondida bajo tierra en la selva.
  • Falta de una paz justa: a pesar de que hay innumerables víctimas de la guerra que, abiertas a la reconciliación y a la reparación, han ofrecido su testimonio para apoyar los acuerdos de paz, promotores del No como Uribe o el exprocurador general Ordoñez aseguran que no hay justicia para la víctimas y han alimentado así discursos de odio y de venganza. La Jurisdicción Especial para la Paz establece un sistema jurídico paralelo al que ya existe en Colombia para juzgar a las guerrilleras y eso es algo que varios sectores no aceptan.

En definitiva con el argumento de “no entregar la guerra y el país a las FARC”, hay un gran sector de la población, sobretodo en el interior del país, que sigue apostando por Uribe y que ha votado por el No, convencido de sus razones, en clave meramente personalista.

  1. El No humilde víctima de la desinformación

“Yo trabajo harto cada mes para juntar 700.000 pesos y a estos guerricos que llevan años asesinando y violando a nuestras mujeres van a darles 1 millón de pesos durante dos años por dejar las armas?” o “Sin que nadie les vote les van a dar 10 curules a estos manes?” y varias otras tergiversaciones, a menudo cercanas a lo establecido en los acuerdos pero sacadas de contexto, han sido las razones de una clase trabajadora tradicional que, víctimas de la desinformación y la demagogia sembrada sobretodo en las redes sociales, también optó por el No.

Con un sistema educativo público nefasto –sobre todo en lo rural-, una oferta cultural bastante pobre y unos medios de comunicación de masas extremadamente manipuladores y sensacionalistas como Caracol y RCN –canal éste último que claramente le ha apostado al No-, la población humilde y trabajadora que no tiene tiempo ni acceso a información veraz sobre los acuerdos, a menudo han hecho caso al vecino o al cuñado que comentaba el tipo de argumentos arriba mencionados sin, por eso, ser uribista –posicionamiento que en varias regiones se lleva escondido por estar muy mal visto.

  1. El No religioso contrario a la “Ideología de género”

La Iglesia Católica de Colombia se vio obligada a posicionarse delante la cercanía del 2 de octubre y lo hizo declarándose “neutral”, algo considerado “muy grave” por varios críticos y políticos progresistas. Y más allá del neutralismo oficial, muchas iglesias locales apostaron por el No con el argumento de la “infamia de la ideología de género”, que “pone en peligro los valores de la familia”. Con “ideología de género” este grupo que está muy lejos de querer mostrar una imagen moderna y promotora de la equidad -algo que, lejos de ser verdad, en muchos otros países intenta hacer la iglesia-, se refiere al enfoque de género que una subcomisión de género le ha aplicado a los acuerdos de paz de La Habana y que básicamente establece mecanismos para garantizar la representatividad equilibrada en la vida y participación política del “postconflicto” y la no discriminación por diversidad de género.

Fruto de una colonización voraz, Colombia es un país donde, sobre todo en los sectores rurales, la iglesia tiene una gran influencia en la población y, cada vez más, la iglesia evangélica está pasando por delante de las demás. De modo que probablemente el No católico traviese la mayoría de los votos por el No.  De hecho, es significativo que después de los resultados del domingo uno de los primeros grupos con los que Santos se ha sentado para dialogar sobre el camino a seguir haya sido precisamente la iglesia.

(No se olvide que también existen padres alrededor del territorio que hacen un trabajo impecable en la defensa de los derechos humanos de las comunidades, a menudo desde la Teología de la Liberación)

  1. El No de las que temen algunos efectos de los acuerdos

Habrá, en otros sectores del país, otros motivos locales concretos por los que se haya votado por el No. En zonas donde el cultivo de coca y marihuana es el principal sustento familiar de muchas campesinas, algunas se han sentido amenazadas por el tercer punto de los acuerdos que establece la sustitución y erradicación de estos cultivos embriones del narcotráfico. Asustadas por un cambio –o incluso una judialización- inminente decidieron decir no a esa posibilidad. Cabe tener en cuenta que por ese mismo motivo, la posibilidad de erradicar y sustituir estos cultivos que traen conflictividad y crimen a las veredas, muchas han votado por el Sí.

  1. El No a la paz

Distinto al No a los acuerdos. Si todos los anteriores son puntos de vista que lo que implican son exigencias de cambios en los acuerdos de paz, en su implementación o en su sistema jurídico propio, existe un pequeño sector que votó en clave bélica esperando quizás que si ganaba el No se reanudara el conflicto. Podrían ser grupos pro-FARC descontentos, empresarios del sector armamentístico, quien sabe. Habría que hacer una tesis doctoral para desarrollar y entender esa opción, pero haberla, la hubo.

Posiblemente varias colombianas hayan optado por el No por varios de estos puntos de vista juntos y por otros que seguro habrá, lo que parece ser una realidad es que el país y el mundo se llevaron una sorpresa y, parcialmente, una desilusión. A nivel popular en Colombia el resultado ha mostrado lágrimas y desesperanza por un lado y caras de orgullo y triunfo por el otro. En Bogotá, hay unas pocas decenas de jóvenes acampadas en la Plaza Bolívar asegurando que no se van hasta que se implementen los acuerdos.

Mientras tanto las FARC han construido una nueva trinchera de donde, a pesar de ser “la palabra la única arma”, parecen no querer moverse: afirman que “el plebiscito no tiene ningún valor jurídico”, solo político. Es decir que al Ejército del Pueblo no le está valiendo mucho lo que un 50,2% de las colombianas opinaron el día 2 de octubre. Santos aseguró que prolongaba hasta el 31 de octubre el cese al fuego bilateral y definitivo – ¿cómo prorrogar lo “definitivo”? -, a lo que Timochenko se preguntó vía twitter, “de ahí para adelante continúa la guerra?”. Por otro lado está el que parece que tenga la pelota en su campo, Álvaro Uribe, al que se le han podido escuchar declaraciones tan claras como la siguiente: “propongo reorientar los acuerdos del mismo modo pero no así, sino así como ustedes dicen pero en sentido contrario”, literalmente.

A nivel estatal, todas las fuerzas, políticas y sociales, las del Sí y las del No, se están reuniendo en una gran cumbre nacional para encontrar una vía de salida a la incertidumbre que reina en el palacio de Nariño. Entre los partidarios del Sí ya suena entre pasillos la idea de un segundo plebiscito. Paralelamente se han hecho varias acusaciones; por un lado a las encargadas de la campaña por el Si –ya dimitió una de sus responsables, la ministra de educación Gina Parody- y por otro, a la decisión de acelerar el proceso y no dar tiempo suficiente a la población para familiarizarse con los acuerdos antes del plebiscito, hecho que puede haberse visto reflejado en la participación de solo un 37% del electorado en las urnas.

Porqué la baja participación

En una primera observación, hay que recordar que en las elecciones de 2014 también fue un 40% del electorado el que salió a votar. Se podría defender que ésta era una decisión mucho más importante que unas simples elecciones al tratarse de un plebiscito que auguraba un cambio de lógica, el fin de una era en Colombia. Pero en este país, como parece ser tendencia mundial, hay un desencanto importante hacia la política y las instituciones –víctimas, también, de la corrupción, las puertas giratorias etc.- y, lo más importante, a diferencia de otros países del continente, no es obligatorio votar.

En América Latina en general, y por lo tanto en Colombia, existen aun territorios donde el Estado hace presencia básicamente a través del ejército –que obliga a los jóvenes a hacer el servicio militar- y de la policía. Ni escuelas, ni hospitales públicos ni transportes colectivos. Entradas ya en la querida modernidad occidental, cada vez son menos estas regiones pero los servicios o el asistencialismo que van llegando en la mayoría de municipios son impuestos des de afuera y de mala calidad. Parece lógico que la población de estos bastos rincones no se sienta llamada a las urnas cuando se les requiere. Se podría hacer un paralelismo, con sus largas diferencias, con las zonas urbanas periféricas de las grandes ciudades.

Así pues, quizás será cierto lo que algunos análisis apuntan sobre que la baja participación haya influido en el resultado de este plebiscito, pero, dejando de lado los 4 millones de potenciales votantes de la costa que no pudieron salir a votar –seguramente con mayoría por el Si por ser una zona muy afectada por el conflicto-  debido a el paso del huracán Matthew, el que no votó, posiblemente lo hizo por indiferencia. Ni por miedo a represalias ni por desconocer la cita, anunciada en muros, radios y televisiones. Seguramente muchas sientan que las elecciones, presidenciales, departamentales o municipales no van con ellas y que la de este domingo pasado era una jornada electoral más, sin interpretar que realmente tenía un trasfondo más profundo. En ese sentido, es posible que algunas de las que se han sorprendido negativamente con el resultado, que confiaban en las encuestas que auguraban más de un 60% al Sí, y que no salieron a votar, hayan podido sentir cierto remordimiento.

¿Y el Premio Nobel, para qué?

Finalmente, no se puede evadir el gran acontecimiento que le ha puesta la cereza al pastelazo que ha sido ésta semana a nivel mediático en Colombia. A nivel superficial en el país se ha interpretado el Premio Nobel de la Paz concedido a Juan Manuel Santos como un “espaldarazo de la comunidad internacional a los acuerdos de paz”. Ese premio hasta le ha subido la moral al presidente que el viernes por la tarde, crecido, afirmaba que muchas habían votado al No por ignorancia. A nivel popular muchas ya andan criticando que un señor que se proclama cómo “el que más duro les ha dado a las FARC en términos militares”, refiriéndose a sus tiempos de ministro de defensa durante el mandato de Uribe, haya ganado un premio a la paz –al más puro estilo Barack Obama.

“Si recibe el premio en nombre de todo el pueblo, cómo dice, a ver si reparte el millón de dólares entre todo el pueblo también!”, exclamó el jueves por la mañana un señor caleño. Algunas ponían en duda que el premio llegara después del No en el plebiscito pero lo más posible es que ya estuviera pactado. Y más que un espaldarazo a la paz por parte de la comunidad internacional se podría interpretar como un llamado de atención para que el gobierno colombiano ponga orden en su país ya que la inversión extranjera está impaciente por acabar de hacer presencia.

 

Éstas y mil informaciones, reflexiones y opiniones más pasan por la cabeza de una huésped de Colombia que trata de entender ésta compleja y hermosa realidad. Solo para terminar, una intervención que hizo un comunero indígena Nasa durante un diplomado para “constructores de paz” organizado por la ONU-DDHH:

“Yo pensaba que la guerrilla nunca iba a firmar porque lo que pensé que reivindicaban era imposible que el gobierno lo conceda. Entonces cuando veo que sí firman, uno se da cuenta que ya todos están detrás de unos intereses…Qué es lo que buscan las FARC? Qué será lo que buscan? (silencio) Acomodarse?”.

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2 Responses to Porqué Colombia defraudó al mundo

  1. india blasfemina says:

    No fue el 50.2% de las colombianas quienes votaron no. Fue un 19% (solo un 40% de las personas aptas para ello, votaron)

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