Sueños e interrogantes desde una tierra llamada Corinto

¿Cómo sería todo esto antes? ¿Qué animales debían habitar estas selvas andinas? Cómo serían sus senderos naturales entre tan densa verditud? Guadua, llarumo, paloceniza, higuerón, floramarilla, guamo, pacunga, amorseca, elecho, prontoalivio, todo tipo de bejucos innombrables… Guagua, chucha, ardilla, coatín, culebra, chimbilaco, armadillo, cuy, colibrí, azulito, torcaza, aguilucho… ¿Cuánta vida más habría? ¿Y las apacibles llamas y los severos pumas? Siento su desidia y la de estos bosques al haberse visto amenazados y arrinconados hacia otras partes. ¿Cuántas formas de hojas en el viento, cuántos tipos de huellas en la tierra aniquilaron con la barbarie? ¿Cuántas especies serán invasoras o traídas a estas tierras y qué efectos tendrá su llegada? De los ejércitos anoréxicos de pino y eucaliptus no existe duda, y del ganado deforestador tampoco, pero ¿y la gallina?, ¿y el caballo? ¿Cómo habrán transformado este territorio y sus gentes?

¿Cómo se vería el valle de este río majestuoso llamado Cauca antes de estar inundado del esclavizante monocultivo de caña? ¿Antes de ser visto solo como una provechosa extensión de Tierra plana y fértil? ¿Qué forma tendrían las aldeas de los Pueblos que lo habitaban? Imagino espirales y círculos e imagino los fueguitos de Galeano humeando en todo el valle. Ahora son cuadrados y rectángulos de varias hectáreas los que echan humo durante horas para producir comida para carros. Nuevos usos amargos para el abuelo Fuego. Y, ¿cómo serían los tributos que hacían a todos estos ojos de Agua a mi alrededor? ¿Cuánto les debe pesar a estas nacientes, las que sobreviven cautivas dentro de más rectángulos ficticios de algo que quieren llamar propiedad privada, ser hoy el motivo de disputa entre vecinos o entre comunidades y multinacionales?

Cultius de coca a Corinto Cauca - Berta Camprubí

¿Es la contaminación de las ciudades la que no me deja ver, desde la cordillera central, la cordillera de enfrente, la que tiene a sus pies el enorme océano, o es una neblina autóctona? En realidad, si miro cuando sale el Sol sí alcanzo a verla, y parece que esté aquí al ladito namás. Sueño como ancestros del pueblo nasa caminan todo esto sin provisión ni calendario. Pienso que si hoy arrancara desde acá, desde las montañas de una tierra que han llamado Corinto, con ganas de alcanzar ese océano que trae aguas desde Asia, me vería obligada a saltar cercos, correr de terratenientes armados, y caminar entre quilómetros y quilómetros de prisiones de caña sin una sombra. O me vería acorralada a caminar sobre el asfalto de la carretera, claro. ¿Cómo habría sido solo andar, recolectando frutos, semillas y aprendizajes, guiada por la Luna y las Estrellas y enfrentar solo obstáculos que la misma Naturaleza coloca en el camino?

¿Habrá sido la cultura occidental la que, con su manía de etiquetar y adiestrar, se convirtió en victimaria de antiguos usos y costumbres? ¿La que quiso darle a cada concepto, cada material, cada elemento de esta Tierra, una nueva función? Me parece que no hay duda. Pero no lo ha conseguido. Aunque si ha logrado bastante. Hay una mata, poderosa y sagrada para los de aquí, a la que los de allá han otorgado algunas de las peores funciones y consecuencias: adicción, avaricia, egoísmo, desperdicio, contaminación. Las montañas que piso y su fuerza ancestral mantienen un pulso apretado con esos desafortunados destinos. La energía que desprenden laboratorios en los que se mezclan gasolina, ácidos y otros tóxicos con la hoja que pierde su sacralidad al ser rociada y reducida con químicos, pesa en la esencia de comunidades enteras de árboles, animales y seres humanos.

Los compradores la estan pagando a 30.000 pesos colombianos -unos 10 euros- la arroba de hoja.JPG

Desarmonía en los territorios, en las veredas, en las familias, dinero manchado de sangre que llena barrigas de arroz y fríjol, olores oscuros y pegajosos que llegan a la nariz de una niña subida al árbol alcanzando una guama, aguas sucias que llegan al río en el que nos bañamos con placer. Contradicciones. Como el honesto concejal que desde la alcaldía pelea por sustituir y erradicar esos cultivos mientras en su casita su mujer regenta una venta que provee a los vecinos de los ácidos necesarios para esos laboratorios. Como el indio que sigue en su justa lucha por volver al territorio ancestral mientras en la media hectárea que ya ha logrado se ve obligado a sembrar el daño traído por los que despojaron de tierra a sus abuelos. Contradicciones de las que quizás no podemos encontrar culpables en el mundo tangible. ¿Quizás por eso duelen tanto?

Preguntas y preguntas que le hago al Aire mientras ando por aquí. Y tranquila, me digo, que las energías igual que vienen se van, y cuando no hay nada de nativo en ellas, cuando no han sabido echar raíz en el sentir de la Tierra, se van para siempre. Las que nunca se han ido y siguen en la brisa, en el trueno, en una brasa, en una inmensa roca sumergida en el río, en una pluma que bailotea en lo alto del nevado y en la más diminuta gotita de agua reposada encima de una hoja, son la sabiduría, la conciencia y la esencia de otros tiempos que son estos mismos, de otros pueblos que son estos mismos y de otra manera de vivir, mirar y sentir que no es la que han querido imponernos.

 

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